Cuando los percances de la vida diaria,
(cual micro parcelas de “tierra arrasada”)
parezcan volverla del todo precaria…
¿qué tal si te dices que… “¡no pasa nada!”?
Cuando la utilizas a tal expresión,
(siempre y cuando emerja del fondo del Alma),
se aleja de pronto cualquier nubarrón…
¡y súbitamente te invade la calma!
Y es que con tal frase activas de pronto
allí tu mirada perspectivadora:
de un modo profundo, muy real, muy hondo,
ya “la cosa en sí”…¡no es perturbadora!
Ves la misma escena o el mismo suceso
pero de una forma del todo distinta,
y del hecho entonces ¡ya no te hallas preso!,
¡porque TODO es cómo tu mente lo pinta!
Es siempre tu enfoque el que determina
lo que te sucede en cada jornada:
es “él” quien decide y quien dictamina
que “¡pase de todo”…, o “¡no pase nada!”
Si es “¡pasa de todo!” lo que en ti impera,
se vuelven los choques penosos y duros:
cada contratiempo que te desespera
y cada tropiezo… ¡se hacen más oscuros!
Si es “¡no pasa nada!” lo que movilizas,
sientes muy por dentro, de un modo profundo,
¡que nada te afecta! porque concientizas
que estamos de paso aquí en este mundo.
Te sabes entonces de algún modo, “eterno”,
y por consiguiente, ¡también “intocable”!,
y vas por la Vida sonriendo en lo interno
al saber que puedes sentirte inmutable…
(Y entonces al Ángel de callados pasos
que ronde en las horas de tu retirada,
le dirás tranquilo: “¡Dame ya tu abrazo…!,
¡vamos, adelante…, que NO PASA NADA!”)
